lunes, 17 de septiembre de 2018
domingo, 15 de julio de 2018
¡Escritura para todos!
Estremecedor ver hombres y mujeres ya en relaciones de poder y no en relaciones de dominio.
El deseo mueve montañas.
Por mi parte emprenderé con nuevos bríos mi campaña ¡Escritura para todos! que las instituciones anteriores tanto despreciaron.
En este gobierno alguien me va a oír y va a entender la importancia de la escritura del pensamiento en la construcción de prácticas autónomas de vida.
Y la sencillez con la que se puede lograr este proyecto. No es cuestión de dinero, es cuestión de organización, capacitación y ejecución.
Sin apoyo institucional, yo solita he logrado tanto, con apoyo institucional esto agregaría un poder extraordinario a la nación de pensadores autónomos y trabajadores conscientes que queremos hacer.
Una nación de pensadores autónomos.
Lo demás lo logra la fuerza del propio escribiente que al verse a sí mismo, al escucharse y ser escuchado en su palabra, renueva la construcción de sí mismo.
Leescribir
¡Escritura para todos!
lunes, 22 de agosto de 2016
Los misterios del mar
Era una tarde soleada en la playa de Coatzacoalcos, una niña
solitaria, con lágrimas en los ojos y mirando hacia abajo, caminaba sin rumbo
cerca del mar. En su mente sólo albergaba el deseo de tener un amigo, alguien
que jugara con ella, que la escuchara y que la aceptara, ya que tenía miedo a
la soledad.
La niña solitaria cansada de caminar, se sienta en la arena,
tapando la mirada con sus rodillas para llorar en silencio. El sonido de las
olas y la brisa del mar salado, era lo único que podía escuchar. En ese momento
una voz femenina la llama, levanta la cabeza y voltea donde proviene la voz. Lo
primero que ve fue una concha redonda que tenía el dibujo de una flor. Sube la
vista para ver quién le extendía la concha. Era una niña de su edad, de cabello
negro y largo, su piel clara y tenía puesto un vestido azul con estampados
blancos, pero lo que más le llamaba la atención eran los ojos de la otra niña que
la miraba. Negros como la noche, no reflejaba malicia y le sonreía de forma
pasiva. La niña solitaria la miraba confusa, al parecer le estaba ofreciendo la
concha, decide tomarla y observarla más de cerca. La niña de ojos negros se
sienta a su lado y observa el mar.
Estuvieron en silencio por unos minutos, la niña de los ojos
negros saca de su bolsillo otra concha con el dibujo de una flor y la examina.
En ese momento para romper el silencio entre ambas decide hablar:
- Como te vi
llorando, pensé en darte esta concha para que te sintieras mejor- Dijo con voz
dulce.
- - Grac- gracias… -Contesta
la niña solitaria con timidez.
- -Oye, ¿sabías que
si encuentras una de estas conchas intactas, te pueden conceder un deseo?-
- -¿En-enserio?
–Contesta la niña solitaria, con timidez pero a la vez curiosa.
- -Sí, normalmente se
encuentran trozos de esta conchas, rara vez puedes encontrar enteras. Para que
tu deseo se escuche tienes que pedirlo delante del mar. Sujeta y frótala en tus
manos como un amuleto, pide tu deseo con todas tus fuerzas y el mar te
escuchará. Si ve que tus sentimientos son sinceros, te lo concederá.-
La niña solitaria escuchaba con asombro lo que le decía su
compañera, y con ojos brillantes miraba una vez más la concha. En ese momento
la niña de ojos negros se dirige a la niña solitaria:
-
¡Ah! Cierto, no me presenté cuando me
acerque a ti, mi nombre es Marella.-
- - ¿Marella? Ese
nombre nunca la había escuchado, ¿eres de aquí? – Pregunta la niña solitaria,
curiosa.
-
No, vengo de muy
lejos, pero suelo venir aquí cada verano de visita, disfrutando de la playa.
- - ¿Te gusta mucho la
playa?
- - Me encanta, en especial el mar, me gusta
jugar en la arena, recolectar conchas, construir un castillo y observar a los
cangrejos. En especial cuando cierro los ojos puedo escuchar el sonido de las
olas y de las gaviotas volando, es relajante y divertido–, contesta Marella con
voz alegre.
La niña solitaria, observa a Marella. Con voz triste le
pregunta:
- -¿Y tus amigos?-
- - No tengo amigos,
pero eso no me molesta. Siempre encuentro maneras de divertirme, pero hoy hice una
excepción. Te encontré llorando aquí y no me gusta ver a la gente triste, para
animarte, te di esa concha para que ambas pudiéramos pedir un deseo juntas en
el mar y después jugar hasta el atardecer ¿Qué te parece? – Marella contesta
con una gran sonrisa a su compañera. Pero la niña solitaria le contesta:
- -¿No te molesta
estar conmigo? Soy muy tímida y los otros niños no quieren jugar conmigo porque
dicen que soy rara.
- -No. Eso es lo de
menos, ahora estás conmigo y vamos a pasarlo bien.- Responde Marella con una
brillante sonrisa.
Ambas pidieron su deseo enfrente del mar, para luego ir a jugar
juntas. Toda esta tarde fueron momentos de alegría y risas para ambas. La niña
solitaria ya no se sentía tan sola, había encontrado a una amiga con quién
podía jugar. Conforme pasaba la tarde la niña solitaria se percataba de que
algo extraño le pasaba a Marella: en algunos momentos miraba distraída hacia el
mar, sumergida en sus pensamientos e inclusive cuando jugaban cerca de la
orilla, ella se acercaba al agua y miraba de un lado a otro, como si estuviera
buscando a alguien.
Cuando el ocaso estaba presente, las dos niñas estaban sentadas
en un tronco que habían encontrado en el camino para descansar. La niña
solitaria voltea donde estaba Marella, de nuevo sumergida en sus pensamientos,
al estar preocupada por su nueva amiga decide preguntar:
- -Marella… ¿sucede algo? Te he visto muy distraída
y en algunas ocasiones mirabas el mar con una expresión triste.
Marella miró a su amiga con una expresión triste:
- -Lo siento… - contesta
en voz baja.
- -¿Por qué te
disculpas? –, la niña solitaria tenía un sentimiento de inquietud y miedo de
saber los motivos del comportamiento de Marella. Sentía como si ocultara algo.
-
Ésta será la última
vez que visite esta playa, mi familia y yo tenemos que hacer un largo viaje,
quieren que conozca más este mundo y ayudar a las personas que lo necesitan en
los mares. Pero eso significaría que ya no podría verte más, me siento muy
triste en dejar a una amiga, ya que tú eres mi primera amiga.
La niña solitaria seguía escuchando a Marella, su temor se hizo
realidad; Su amiga se iba ir lejos para nunca volver, en su mente albergaba el
pensamiento de que estaba destinada a la soledad y a ser separados de sus seres
queridos para que ellos siguieran su camino.
Ambas decidieron terminar el descanso para caminar por la playa
por última vez. La niña solitaria seguía en shock por la última conversación
que caminaba en silencio, en ese momento ve que Marella no estaba a su lado y
voltea hacia atrás, para ver a su amiga parada a mitad del camino y
observándola con una sonrisa.
- - Pero ¿sabes?
Aunque fue poco tiempo que pasamos juntas, me divertí mucho, gracias a ti. sé
lo que se siente tener amigos, que hiciera recuerdos divertidos y alegres, de
ofrecerme tu amistad y confianza.
La niña solitaria sorprendida por dichas palabras, sentía que no
podía estar todo el tiempo callada, mientras que su amiga decía estas palabras
para animarla. En ese momento se acerca a su amiga y quita de su muñeca una
pulsera de piedras azules para ofrecérsela.
- -Quiero que tengas
esta pulsera, es un objeto importante para mí, pero por eso, quiero que mi amiga
que se convirtió en una persona importante lo tenga, así cuando te sientas
triste y nostálgica, lo veas y te acuerdes de mí.
Marella con lágrimas en los ojos y una bella sonrisa reflejada
en su rostro, le dice:
- -Escúchame, cuando
te sientas sola, cuando sientas que la soledad te consume, cierra los ojos,
escucha las olas y siente la brisa de la playa. Si logras escuchar una hermosa
canción proveniente del mar, eso significa que la diosa del mar te está
consolando y quiere decirte que tú no estás sola. Yo rezaré para que encuentres
un día la felicidad. Gracias Aída.- Agradeciéndole a su amiga pronunciando su
nombre por primera vez.
- -¿Cómo sabe-? – en
ese momento fue interrumpida por su amiga.
- - Lo supe desde el
principio, por eso no pregunté tu nombre. Se podía decir que puedo leer la
mente de las personas.
Marella agarra las dos manos de Aída con delicadeza y con una sonrisa
risueña se dirige a su amiga:
- -Aída, necesito que
me hagas un favor ¿Podías cerrar los ojos por un momento? Cuando logres
escuchar la canción de la diosa, podrás abrir tus ojos.
Aída le hizo caso a Marella y cerró sus ojos. Al principio sólo escuchaba
el sonido de las olas, pero poco a poco llegaba en sus oídos una leve melodía
en la lejanía, hasta llegar a convertirse en una bella canción. Aída no podía
creer lo que estaba escuchando, abrió los ojos para contárselo a su amiga pero
ya no se encontraba. Buscaba con la mirada de un lado a otro y ni rastro de
ella. En ese instante se escuchó una melodía por las aguas y ella vio a lo
lejos a un grupo de delfines que lo estaban observando. Entre ellas se encontraba
un delfín cría. En su pequeña aleta, lucía la pulsera de piedras azules que
había dado como presente.
viernes, 5 de agosto de 2016
SIMPLE
Viajé
sin descanso, a veces rápido a veces suavemente, cuando llegué a la ciudad
curiosee por todos lados, toqué todo a lo que me acerqué, seguía sin descanso
pasando por avenidas, parques plazas, callejones, campos deportivos, el tiempo
nunca me importó.
Me
encuentro en el centro de la ciudad cuando lo veo, es alto, fornido, guapo,
toco su suave piel, de inmediato lo abrazo con fuerza, es mío, lo disfruto.
Continúo
por la avenida principal, ella viene de frente ¡qué figura! ¡que rostro!
suavemente toco sus labios que me encienden, levanto rápidamente su vestido
para acariciar sus piernas sin sentir pena, pudor o recato, la acompaño unos
pasos para abandonarla e ir más rápido, así empiezo a correr por las diferentes
calles y avenidas, entro por las puertas y ventanas abiertas de oficinas y
comercios, me acerco a los suburbios para entrar a las casas que tienen
abiertas puertas y ventanas, al salir de la ciudad siento el ambiente cálido
que me da fuerza para correr por los campos.
Mi
velocidad se acrecenta, golpeo lo que se me pone enfrente no lo puedo evitar,
pronto siento un gran impulso con lo que empiezo a girar doblando yerbas y
ramas.
Mis
giros se hacen incontrolables levanto del piso basura, tierra, animales, vehículos,
casas.
Dentro
de mi torbellino giran los restos de todo lo que he tocado, a mi derredor lluvia
y granizo, sirenas. Por todos lados miedo desesperación y llanto.
Me
siento cansada ha sido una locura como siempre, voy aminorando mi ímpetu, a cada
avance mi fuerza disminuye por lo que abarco menos extensión, me estoy
debilitando pero continúo por montes y valles, bosque y praderas.
Ahora
casi sin fuerzas, en estos sembradíos voy desapareciendo hasta dejar sólo mi
última huella tan ancha como un hilo más ha quedado testimonio de mi paso por
el mundo.
muero,
pero estoy consciente de que empecé como una suave brisa-
BILLETES
La escalera por la que bajara casi a
tientas desaparecía bajo sus pies, ya que en su cabeza todo era confusión:
ruidos extraños, gritos, luces deslumbrantes. Las escenas se sucedían sin poder
discernir qué era real.
Por momentos un
frío terrible lo inmovilizaba haciéndolo temblar como si convulsionara, así que
con trabajos llegó al pie de la derruida escalera de la vieja y deteriorada
vecindad en la que vivía. Los vecinos con los que se encontraba se hacían a un
lado, lo que atribuía a su gran estatura que lo hacía impresionante. Tal hecho
era para él irrelevante, pues sólo pensaba en cruzar la avenida por el puente
peatonal elevado, llegar a la esquina y caminar media cuadra para encontrar al
Marranilla, quien le daría la dosis que lo haría sentirse inmejorable.
A su mente llegó
una escena que parecía acababa de suceder: él exigiendo dinero a su madre, ella
negándoselo. Siguieron gritos, golpes, patadas, todo se confundía con música
estridente, luces brillantes y multicolores; el salir de la vivienda y El
Marranilla esperando con su dotación.
Hoy será un buen
día, nada se interpondría, no como aquella vez que lo detuvieron para llevarlo
a una clínica de rehabilitación, de la que escapó a medio programa.
Dobló en la
esquina para lentamente avanzar soportando la tembladera por el frío, los
constantes dolores de cabeza y la depresión que le hace recordar la escena de
gritos, golpes, patadas, el robo de ahorros en la casa y al Marranilla que lo
estaría esperando. Llegó a la avenida con dificultad, luego al puente peatonal.
Nuevamente las personas con que se encontraba lo evadían o de plano huían para
alejarse.
Se revisó y sí,
estaba vestido, no como otras veces. Traía zapatos y a esa maldita depresión
acompañada de la temblorina e imágenes raudas y deslumbrantes; los recuerdos de
los aparentes golpes y patadas lo
hacían llorar constantemente.
Al encontrarse
sobre el puente más allá de la mitad de la avenida, todo se le juntó, al darse
cuenta de que sólo traía unos cuantos billetes que no cubrían lo que el
Marranilla exigiría; dio traspiés y cuando quiso asirse al barandal sólo vio
sus manos pasar de largo hacia el vacío.
Una anciana que
llegaba a lo alto de la escalera gritó aterrorizada al ver el cuerpo caer sobre
la cabina de un camión refrigerador; el chofer del camión repartidor escuchó el
fuerte golpe sobre su cabeza, luego el rebotar con el frente de la caja. Frenó
poco a poco debido al peso de la mercancía que transportaba, lo que lo llevó a
detenerse unos veinte metros adelante, al tiempo que vio pasar frente al
parabrisas el cuerpo del hombre que cayó al pavimento pesadamente cuando se
detuvo.
La anciana que
había gritado, bajó con una mano metida en la bolsa de su delantal, donde el
sudor mojaba terriblemente a unos cuantos billetes arrugados. Pese a los
grandes dolores en sus rodillas y otras dolencias físicas siguió avanzando
lentamente hasta llegar a la bola de curiosos que rodeaban al hombre caído;
terriblemente impresionada vio cómo se acercaba un policía para retirar a los
morbosos y así dejar campo libre al accidentado.
-
¡Abuelita,
por favor no se acerque! ¡Retírese, sólo es un accidentado!.
-
¡Por favor, sr.
policía!… ¡Es mi hijo!
Ejercicio 3: UN RECUERDO
Su menuda figura, su cara llena de
cicatrices de viruela, su poco cabello peinado en dos trenzas delgaditas que le
daban debajo de los hombros. Traía permanentemente en una mano su eterno
cigarrillo marca Alas, del que no aspiraba el humo sino le soplaba para conservarlo
encendido y en la boca un dulce duro de anís para mezclar el sabor del tabaco
con el dulce.
En
el corredor que se encontraba alrededor de su jardín cuadrado de
aproximadamente quince metros por lado, con una fuente redonda en el centro,
con su techo inclinado de tejas bien alineadas, pendían jaulas con pájaros:
zenzontles, jilgueros, canarios, primaveras y más, que con sus trinos
constantes y alternados hacían la delicia de los moradores y visitantes.
Una tarde a la
semana tomaba la abuela una sillita con asiento de tule y la colocaba junto a
la puerta de la cocina que daba al jardín. Sacaba su anafre para poner a los
nietos a encender la lumbre, para lo cual teníamos que ir a la cocina de humo,
tomar un poco de carbón de la carbonera, ponerlo en una caja, buscar hojas de
periódico y cerillos, llevarlos al corredor, colocar en la parte baja de la
charola del bracero los trozos pequeños de carbón, arriba unos más grandecitos,
en la parte inferior o boca del bracero meter papel periódico y encenderlo para
que la flama propicie la pequeña fogata, sobre la que se sentará la cazuela, en
la que la abuela preparará sus ates y dulces de leche.
Un festín de
aromáticas memorias se va entretejiendo: primero, el aroma del fósforo
encendido con su llama pegada al periódico, que rápidamente enciende
desprendiendo su aroma a papel quemado. Después, al tomar el aventador o
soplador ( especie de abanico grueso hecho de hoja de carrizo o bejuco) para
agitarlo enérgicamente a corta distancia de la boca del anafre hace un fuego
muy vivo que sube por la rejilla de la charola haciendo crepitar los pequeños
carbones, que a su vez encienden los trozos más grandes y desprenden su aroma
ocre, acompañado del inolvidable humo que inevitablemente hacía llorar. Al propiciarse un fuego vivo sobre el
que se ponían las cazuelas de mi abuela, nos manteníamos cerca, soplando a la
lumbre, agitando el aventador para mantener el fuego y percibir mejor los
aromas del arroz con leche, las cocadas, los ates de guayaba, tejocote o
membrillo y tantos olores más, todos diversos y característicos.
Cuando
la abuela se ponía por la tarde a hacer sus dulces sacaba un antiguo radio con
caja de madera, lo encendía para que entre ruidos raros y confusos pudiera
escuchar sus radio novelas. Así
oímos “Aníta de Montemar”, “El muro del odio”, “El derecho de nacer” y otras
tantas historias que con sus bien estructurados episodios nos embebían toda la
tarde y casi sin darnos cuenta pasaba el tiempo hasta la llegada del anochecer.
En todo el proceso había un momento muy ansiado: saborear los calzones de las
cazuelas. Tan deliciosa ceremonia consistía en cultivar la paciencia y esperar
a que se terminaran de envasar los dulces elaborados, para después saborear los
deliciosos sobrantes que quedaban al fondo de las cazuelas, que con el dedo
índice limpiábamos para chuparnos la falange de manera deleitosa.
Para esto, ya era
la noche y a alguno lo habían mandado por el pan: un peso de bolillos grandes,
que equivalía a diez más uno de ganancia, los cuales eran más del doble del
tamaño normal. Mientras tanto, los demás seguíamos escuchando el radio, según
el día de la semana: “Carlos Lacroix”, “Los catedráticos Forhans”, “El Dr.
I.Q.”, “El monje loco”, “Los aficionados”, “La banda de Huipanguillo”, “La hora
Azul”, “La policía siempre vigila” …
Y así como éste,
muchos gratos recuerdos más de la casa de la abuela…
EJERCICIO 2: Fotografía
por Eduardo Urbán
Cuatro poniente mil ciento doce. La
dirección está en el centro de la ciudad, fue fácil localizarla; la sorpresa
fue ver que se trataba del Mercado de los Sabores. Temiendo llegar tarde pasé
de prisa por la explanada que se encuentra invadida por cuatro contenedores de
ferrocarril: tres estaban cerrados y uno dedicado a la venta de libros, a cuya encargada me acerqué para
preguntar por el taller de lectoescritura. Ella me contestó:
- Son los sábados
de doce en adelante.
Entré en el
mercado y observé que varios puestos estaban desiertos, mientras los restantes
con muy pocos parroquianos. El suave calor y los aromas de la comida frita me distrajeron un momento:
garnachas, pescado, plátanos y quién sabe cuántas preparaciones más. Al ver que
el mercado no tenía un lugar apropiado para otra actividad que no fuera la
venta de comida pregunté por la administración y a ella me dirigí a pedir informes, pero nadie pudo brindarme
dato alguno, sólo me indicaron de manera desconcertada que fuera a los
contenedores a lo mejor ahí si me informarían.
Salí del mercado
junto con seis jóvenes que terminaron de comer y por lo visto muy opíparamente,
ya que balanceaban sus cuerpos al ritmo de sus pasos, limpiando sus dientes con
palillos y comentado animosos sus siguientes actividades del día; sus risas
contagiosas quedaron atrás. La tarde nublada anunciaba la lluvia inminente pero
ellos eligen por destino la casa de Pedro llegando a ella no importaría la
lluvia fue el comentario de una agraciada joven participante del grupo.
Seguían cerrados
los contenedores pero en uno de ellos estaban pegados los carteles de la
propaganda del taller...
miércoles, 3 de agosto de 2016
DESPEDIDA DE OTOÑO
por Margarita Tlacchino
Aún
recuerdo aquel 29 de octubre. Era un día de otoño, sentía tanto frío como el
que ahora permanece en mi corazón; ese vacío que con nada he podido llenar. Mis
pesadillas no cesan desde entonces.
Eran las
seis de la mañana y suena la alarma. Me despierto inmediatamente y me pregunto
si mi padre va a llevarme a la escuela el día de hoy pues, por la charla de
anoche, hoy tendrá que irse más temprano de lo habitual, lo cual me entristeció
un poco debido a que si no lo hacía, no tendríamos nuestras conversaciones
acerca de cómo comportarme ante los chicos y ser cuidadosa para encontrar a
alguien como él... Bueno, siempre me asustó la idea de ver la cara de papá al
decirle que tendría una cita, esperando su aprobación; y aunque tengo poco más
de 20 años y ha otorgado el “privilegio” de que su pequeña sea más libre, me detiene el saber que
pronto me desharía de sus cariños. Me levanto para arreglarme y me dirijo hacia
el baño. Siempre he disfrutado de esas duchas largas observando el color de las
paredes con ese tono marmoleado azul que me recordaba el imponente mar, el
sonido del grifo dejando salir más agua, golpeando contra la que ya llenaba más
de la mitad de la tina; ese olor agradable a jabón de orquídeas que rondaba todo
el tiempo. Hasta ver el champú me resultaba majestuoso al recordar los
resultados que dejaría en mi pelo. Hoy no me daría ese lujo, pues tenía más
ganas de apresurarme y ver la alegre sonrisa de papá para tener por lo menos
eso presente en cada clase.
De pronto,
lo único que había eran imágenes que se tambaleaban en mi mente, mi padre y yo
paseando por ese fantástico parque al que solía llevarme cuando era niña. En
especial, me encantaba caminar de la mano de él bajo los árboles de otoño. El
sonido de las hojas al pisarlas era como una hermosa melodía. Se comenzaron a
tornar borrosas y de repente… todo oscureció.
-¡Papá!
¡Papá! ¡Por favor despierta! ¡Te necesito!
No sé
cuándo terminará este tormento. Ojalá todo fuera como antes. Ni siquiera
pensaba en que el día que parecía el más feliz de mi vida, no terminaría
siéndolo. Aún
recuerdo cómo los días transcurrían tranquilamente por mi vida, lo sencillo y
feliz que era todo…
-¡Ring!
¡Ring!
Estaba
sonando el despertador. Un día más en la escuela, un día más de vivir, me
encantaba vivir…
Después de haberme aseado y puesto el
uniforme, tomé mi mochila y bajé las escaleras.
-Hola
papá – saludé de la manera más jovial que de costumbre, y como siempre, primero
a papá.
- Hola
mamá – dije haciendo el amago de darle un beso mientras ella se alejaba para no
derramar las tazas de café sin llegar a ponerlas en su sitio.
-Hola
Olivia – ambos respondieron al tiempo que saboreaban su café.
-Así que
la idea de que estos sean tus últimos meses en el instituto… ¿te asienta muy
bien no?
-No la
molestes Santiago, recuerda que tiene que conservar esa alegría que hoy trae;
no se ve todos los días ¿cierto?
-Es
cierto querida, mejor me voy ocupando en el desayuno, nadie más lo piensa hacer
al parecer – dijo sentándose ya a la mesa, tomando sus cubiertos.
Me limité
a sonreír alegremente y procedí a sentarme.
Los
desayunos, así como las cenas, eran lo mejor de todos mis días. Me permitían
conocer mejor a mis padres, ya que 22 años no me habían sido suficientes todavía.
Mientras ellos platicaban, sólo me limité a verlos y no pude evitar extender
una sonrisa a lo largo de mi rostro, sin dejar de pensar que no podía nunca
quejarme de ellos, pues al parecer siempre estaríamos juntos así, felices.
-¿Tú qué
opinas Olivia? – dijo papá.
-¿El qué?
– solté, tras obligarme a salir de mis pensamientos, mirándolo fijamente para
que no notase mi distracción. Pero como siempre, lo terminaba haciendo,
provocando una carcajada que, si no fuera por las enormes paredes rústicas que
nos rodeaban, los vecinos de nación, lo escucharían.
-¿Recuerdas
el chico del que le hablaste a tu padre? Al fin accedió a invitarlo a cenar. ¡Será
esta misma noche!
-¿Lo
dices enserio mamá? – saltando de la emoción, corrí a darle un abrazo y un
beso; posteriormente a papá también. – muchas gracias de veras –
-¿Quieres
llamarle ahora mismo?
-No le
des ideas Miranda, con lo emocionada que está seguro aquel tipo piensa que mi
niña quiere que salgan, pero se equivoca – ya empezaba a hacer gestos de
desaprobación – que ni crea que después de la cena, me robará a mi pequeña … -
Antes de que pronunciara la siguiente palabra le interrumpí:
- No te
preocupes papá, yo más tarde le comunico la gran noticia… cuando esté más
tranquila – Puse la mochila sobre mi hombro y apresuré el paso hasta el auto.
Con mi
padre al lado, iba a ser difícil ocultar mi sonrisa durante los 20 minutos que
duraba el trayecto, además de que ya sabía las útiles recomendaciones de parte
de Santiago para que todo saliera de maravilla esa noche. Lamentablemente le di
atención sólo a los últimos segundos, justo antes de abrir la puerta.
-Y
recuerda hija, no uses ningún vestido rojo ni ajustado esta noche. Tal vez
Miranda pueda prestarte su preciado vestido de lino azul – dijo guiñando el ojo
al tiempo que comenzaba a bajarme y se descomponía mi felicidad reflejada en la
cara, quedando pasmada.
-¡Ni que
lo digas papá!, tampoco exageremos. Descuida, recordaré: “nada rojo ni
ajustado”
Y así
estuve durante gran parte del día, repitiendo “nada rojo ni ajustado, nada rojo
ni ajustado” hasta que salí de la escuela.
Abrí mi
armario después de ducharme y para mi sorpresa, el único vestido que había era
rojo. No era ajustado ni escotado, así que tal vez… ¡NO!, me reprendí a mí
misma. No quería darle ni el más mínimo disgusto a mi padre; ya muy difícil me
fue convencerlo para que me dejase hablar con alguien, que no fuera de álgebra
o más cosas acerca de la escuela.
Entonces
recordé que tenía otros vestidos en la tintorería, y aunque me los entregaban
mañana, cabía la posibilidad de que ya estuvieran listos. Pero sólo oí la contestadora
con una dulce voz diciendo que a causa de su aniversario, habían cerrado
temprano.
Escuché
los pasos de mi madre y de pronto sus nudillos contra la puerta.
-Toc toc
– dijo con voz cantarina y enseguida abrió - ¡Hija!, ¿aún con la bata de baño?
-Lo sé
mamá, no me dará tiempo de arreglarme, faltan 30 minutos para que Dan llegue y
ni siquiera tengo qué ponerme.
-Tú no te
preocupes, sabía que algo como esto sucedería. Siempre pasa en tu primera cita,
pero tengo una solución, vamos a mi habitación que allí tengo justo lo adecuado
para ti – murmuró mientras me tocaba la punta de la nariz con el dedo para
después tirar de mí para correr a su cuarto.
Me
sorprendió lo parecido que piensan mis padres. Así que respiré hondo y me
dispuse a girarme al espejo tras haberme puesto aquel vestido azul que tanto
mencionaba mi padre. Era un largo vestido confeccionado en 100% lino según la
etiqueta, con ese cierre invisible al lateral derecho, de manga corta, escote
cuadrado a la altura de la clavícula, y un gran moño negro ceñido a la cintura.
No me lo esperaba pero sí que me gustó tanto como el peinado. Esos pocos días
que mamá fue a esas clases en las que yo era su modelo cuando era niña, le
sirvieron mucho. Este día hizo milagros con mi pelo, y el maquillaje ni se
diga, demasiado natural, todo lo que yo hubiera hecho si el tiempo no se
terminara tan rápido.
Ya podía
oler el exquisito guisado de mamá mientras bajábamos las escaleras. Esta noche
sí que deseaba impresionar. Aún no terminábamos de poner los pies en el último
escalón cuando oí lo más esperado. ¡Ding dong!
-Respira
hija, respira – hacía movimientos con las manos y la boca para explicarme.
-Claro
que sí mamá, aunque se me olvide, creo que sigo respirando, eso no lo mando yo.
Corrí a
abrir la puerta pero, no era a quien yo quería ver.
-¿La
señora Miranda? – dijeron un par de policías altos y sus típicos uniformes
negros. Sorprendida, y con el aliento que logró salir pude articular:
-Sí, aquí
es.
-¿Podemos
entrar señorita?
-Claro,
pasen.
Mamá
yacía de pie al lado del sofá estupefacta al ver el rostro de los oficiales,
cuya expresión delataba una muy mala noticia. Nos hicieron sentarnos,
explicándonos la situación mostrando máxima empatía para suavizar las palabras
finales:
-El señor Santiago Gámez, ha muerto.
Han
pasado ya tres años desde aquella noticia y no dejo de sentir ese gran golpe. Nunca
olvidaré esas palabras. Me causan pesadillas. Ya no existirán sus consejos
amorosos sobre chicos, no más sonrisas, no más paseos divertidos en el parque, no
más desayunos y cenas agradables, ni regaños que siempre terminaban en
interminables confesiones por la confianza que tenía a mi padre. Esa palabra…
“papá”, no podría pronunciarla más.
Esta
mañana, tras la pesadilla de la que desperté gritándole, decidí traerle un ramo
de flores, lirios blancos, sus favoritas.
Después
de llorar durante no sé cuánto tiempo, me fui a sentar en la banca que se
situaba en la esquina del parque que estaba cerca y que tanto me gustaba
visitar, y para mi sorpresa ahí se encontraba Dan.
-Olivia –
habló con voz suave a la vez que me frotaba la espalda. Giré la cabeza tan rápidamente
que casi se me rompe el cuello. Creo que iba tan ensimismada que no me percaté
de que estaba allí; pude haberme sentado en el suelo, tampoco me daría cuenta.
-¡Dan!
Me lancé
a sus brazos, como si tuviera años que no lo veía; cuando en realidad habían
sido solo unas horas, pues anoche mi madre le permitió estar en casa hasta
tarde. Se quedó contándome historias muy divertidas hasta que me quedé dormida
y ayudó a mamá a llevarme al dormitorio. Dan ha sido un gran apoyo estos años.
Sé que a mi padre le hubiera gustado ver lo feliz que soy, aprobando así
nuestro compromiso.
-Deduje
que estarías aquí. Ayer, antes de marcharme, te oí decir “papá” con una gran
sonrisa. Y como hoy es 29 de octubre, era obvio encontrarte sentada en esta
banca.
-Sí. Un
día quisiera despertar con el llamado de mi padre desde la cocina, describiendo
el delicioso desayuno que seguramente ya habría empezado a probar.
-Lo sé,
pero ese desayuno que tanto te describe en sueños, es del que debes
alimentarte, debes estar fuerte, seguir adquiriendo energía; no querrás
desmayarte en el día de nuestra boda.
Le
sonreí, le di otro abrazo y un beso en la mejilla. Me tomó de la mano, me ayudó
a levantarme y comenzamos a caminar bajo los árboles deshojándose en este
otoño, despidiéndome un año más en silencio…
martes, 19 de julio de 2016
EL ÁRBOL SABIO
El cielo se pintaba de un tono gris, una mañana de Domingo. Un viejo
alegre se encontraba en la habitación gigante que se le había otorgado muchos
años atrás. Al despertar su alborozo desapareció y su corazón sintió temor,
porque al fin, después de tanto tiempo, sentía la gran necesidad de compartir
su sabiduría, él comenzaba a creer que ya nada más le cabía dentro.
En este tiempo, la educación no era un regalo que
se le diera a cualquiera, de hecho sólo se les daba a cierta gente de clase
alta y a toda persona que habitara en el templo. Éste era un templo importante,
las personas acudían a él solamente para ver a los afortunados haciendo lo actividades
como hablar, escribir, cantar.
Nadie sabe quién les otorgó esos privilegios, pero
miles de personas ardían de envidia, era justificable puesto que todos querían
ser algo más que un “insignificante campesino” o era así como se calificaban a
ellos mismos.
Todo esto comenzó a recordar el viejo hombre y
sintió una notable tristeza que le empezaba a comer su ser. Él había jurado y
hasta firmado un acuerdo que decía que estaba estrictamente prohibido compartir
todo ese misterio, toda esa inteligencia que poseerían en un futuro. Tenía
miedo, sabía de memoria las consecuencias, sus manos temblaban de manera
inquietante, siempre era así. Sin embargo ese día, logró quitarse las ataduras
de las manos, estaba a decidido a compartir su conocimiento, como diera lugar.
Tomó un largo papel de su mesita de noche, después entintó su pluma y
escribió:
Querido pueblo: Les
habla el viejo Samuel. Sé que ha pasado mucho tiempo Y aunque está contra la
ley, quiero que uno de ustedes sea mi compañero, quiero que sepan que el
elegido recibirá mis conocimientos. Para esto, los interesados
únicamente, deberán presentarse dentro de dos días en el templo, entre los
postulantes elegiré a uno.
Sin nada más que
decir, me despido deseando que tengan un buen día.
Después de eso pegó en una pared que se encontraba en el centro de la
ciudad, para que todo el pueblo lo leyera.
En ese momento apareció Sol, una chica simpática. Ella se acercó al papel
y leyó cuidadosamente. Se quedó atónita, no lo podía creer. Era algo que
revolucionaria al mundo, algo inédito. Comenzó a llorar, sus lágrimas caían en
su vestido beige y sus manos tocaban sus coloridas mejillas que empezaban a
tornarse de un tono pálido, y cuando al fin pudo contener sus sentimientos, fue
entonces que, para llamar la atención gritó:
-¡Hey! ¡Tienen que ver esto! Es increíble.
La gente que estaba alrededor comenzó a amotinarse para descubrir las
palabras que escondía aquel papel.
La noticia llegó hasta los lugares más recónditos del pueblo. Inclusive
a los oídos del virrey, el cual, rotundamente estaba en desacuerdo, sus ojos
echaban lumbre a todo aquel que se le cruzara en frente. Eso significaba
rebelión o algo parecido, no dejaba de imaginarse cosas desagradables.
Imaginándose tan trágicas situaciones, optó por ordenar a la autoridad
civil la aprehensión de aquel viejo hombre que interrumpía el orden social.
Al día siguiente Samuel iba a salir a hacer compras, en cuanto puso un
pie fuera del templo, incontables miradas de la autoridad civil le observaban
con recelo. Entonces el viejo lo entendió, no estaba a salvo afuera, miró su
entorno lentamente, lanzando miradas de pena y tristeza, decidido, el hombre cautelosamente volvió a colocar su pie
dentro del templo.
El templo tenía poder siendo uno por completo, más dejaba de serlo, si sólo
uno de miles tenía una idea diferente, siendo así, su decisión no tenía peso.
A unos kilómetros más lejos, esa misma tarde el padre de Sol trabajaba las tierras con gran brío,
como todos los días, todo iba rutinario, hasta que apareció aquel hombre.
-¡Hey! He oído que tu hija planea gastar su tiempo libre en ser sabia.
-No sé quién se lo ha dicho.
-¡Ja ja! ¡Si supieras! Aquí, en este pequeño lugar todos los rumores
corren y más si se trata de una noticia de esa magnitud.
-Por esa parte, creo que es inútil contarlo.
El hombre acercándose bruscamente a él, le contestó:
-¡Mira Sebastián! Tienes que llevarme con tu hija, tengo una propuesta
muy interesante y si no lo haces ¡te quedas sin trabajo! Con lo difícil que es
conseguir uno con salario…
-No me importa, no lo haré.
El hombre lo tomó por el brazo y susurrándole en el oído le dijo:
-Si no lo haces te quitaré lo poco que te queda de tierra ¡ah! y también
te quitaré la vida, y si te la quito, tu familia se muere de hambre por la
desgracia de ser mujeres.
Tenía razón en ese lugar las mujeres tenían poco valor. El padre de Sol se quedó en
silencio y lo único que pudo notar del otro hombre al alejarse, fue el arma que
llevaba consigo.
Sol y su madre preparaban los alimentos cuando oyeron la puerta abrirse
violentamente. A quien se encontraron fue a Edén en compañía de su desgraciado
jefe, el cual lo tomaba por el brazo con poca amabilidad.
:
-¿Qué pasa?-, preguntó Sol asustada.
Los ojos de su padre pedían una disculpa infinita y también expresaban
una vergüenza absoluta. No podía dejar de mirar a Sol.
-¿Puedes tomar mi mano, pequeña?
Su hija asintió.
-Bien, sentémonos en la mesa-, invitó papá.
La familia cruzaba caras desconfiadas. Después de unos minutos de
silencio, el hombre habló.
- Deveras siento haber entrado de esa forma, realmente yo no soy así,
sin embargo me he visto en una situación forzoda, a mí también me presionan-
suspiró.
Nadie estaba comprendiendo lo que quería decir. Así que prosiguió.
-De acuerdo, más que hablar con tus padres, quería hablar contigo. Tengo
entendido que eres postulante para ser pupila de Samuel ¡y no me quieras
mentir! ¡Todos lo saben! Así que, yo y otros más queremos pedirte algo, por
nuestras vidas.
Sol apenas levantando la mirada respondió:
-¿Qué cosa?
-Queremos que… que sí, claro que entres y que sabotees los planes de
Samuel.
Sol se quedó quieta, sus ojos se abrieron más de lo normal.
-¿Qué quiere decir?
-Lo que escuchaste, yo, el virrey, y otros más queremos que lo hagas.
-¿Por qué yo? No es justo.
-Cariño, la vida no siempre es justa, pero han hablado tanto de ti que
te han escogido, y si no lo haces, tu padre sabe las consecuencias y en verdad
no quiero repetirlas, él te contará.
Y con estas palabras el hombre se levantó de golpe y salió de la casa.
Pasados dos días desde aquella noticia, la muchacha se presentó en el
templo. Las casas se hallaban bajo la sombra de la enorme construcción que se alzaba imponente. Sol levantó su
cabeza y apenas pudo percatarse de su increíble tamaño. Ya caminaba hacia la
entrada, cuando ahí apareció Pedro, uno de los guardianes del templo, antes de
que pudiera pronunciar un paso, Pedro la detuvo.
-Tú seguramente eres Sol. Sólo faltas tú, sin embargo, antes de que
entres, necesito que me digas tu
nombre, los nombres de tus padres y otros ocho antecedentes a ti. Deben ser
nombres completos ¡ah! Y tu dirección y localización.
-Parece ridículo.
-Sabes que las personas tienen prohibido entrar, sabes que este templo
sólo se abre cada año para que la gente pueda visitarlo. Incluso se visita con
ciertas restricciones. Sabes que nosotros elegimos quién pasa y quién no, no
todos son merecedores de entrar y los que son, los conocemos, y si no los conocemos,
a fuerza conocemos a algún integrante de la familia.
Sol resignada contestó, (esto le llevó unos cinco minutos) tenía que
refrescar su memoria. Posteriormente ella entró y vio múltiples columnas y
arcos impresionantes. Los recordaba, sólo que en ese momento la construcción le
parecía aún más impresionante, casi no había gente y esto favorecía para
apreciar mejor las cosas.
Interrumpiendo su concentración, Pedro le hizo una seña a Sol que
indicaba que lo siguiera.
Llegaron frente a una gran puerta de madera, y abriéndola, Sol se
incorporó dentro de la habitación. No era tan extraordinaria a como ella se lo
imaginaba, aunque sí había lo necesario, pudo apreciar que, en el centro del
cuarto había unas mesas que juntas creaban una media luna y sillas justo debajo
de ellas. Y en la última esquina yacía su banca vacía, como esperando a ser
habitada. Sol tomó asiento. La clase estaba por comenzar.
Samuel les repartió un libro a cada integrante del grupo. Todos lo
abrieron instantáneamente y lo único que pudieron ver fueron páginas y páginas
en blanco, sin embargo se podía leer en el titulo “Mente sabia”.
-¿Qué es esto? - Preguntó Samuel enérgico.
Uno de ellos contestó:
-¿Lo que somos?
-¿Alguien más?
-¿Acaso lo que sabemos?- dijo otro dudando.
Sol supo que tenía que actuar en ese momento, no quería que arrebataran la
vida de su su padre, entonces dijo:
-Claramente se está burlando de nosotros.
-Eso no es de sabios- contestó el viejo riendo.
Los estudiantes se miraban confundidos.
-Quiero que dibujen lo que son-, pidió Samuel.
Los seis hombres, que eran de la clase, dibujaron campesinos y Sol y
otras tres jóvenes dibujaron mujeres haciendo labores del hogar.
Samuel rió preguntando si en verdad eso era lo que eran, él no creía que
ellos fueran eso, él más bien deducía que habían pintado lo que hacían. Las
risas comenzaron a incomodar a los jóvenes, empezaban a desconfiar de la
sinceridad de Samuel.
El viejo lo notó, no le tomó importancia, en lugar de eso pidió
nuevamente que dibujaran lo que eran, sin embargo nadie supo qué hacer. Por lo
tanto Samuel replicó:
-Si no saben lo que son ¿Cómo pretenden saber lo que quieren recibir? Me
refiero a que ¿Cómo sabrán lo que quieren aprender? Si ni si quiera se conocen
a ustedes. Bien, supongo que nadie se conoce en su totalidad, no obstante me
preocupa la incógnita que tienen de sí mismos.
Los jóvenes no lo entendían muy bien, nadie les había dicho nada igual.
-Piénselo y nos vemos la próxima semana en el mismo lugar y a la misma
hora.- El sabio salió despacio de la habitación.
Todos los demás le
siguieron los pasos, Sol fue la última en Salir. En eso, Pedro la detuvo
nuevamente y le dijo:
-Deja de comportarte como una niña, mírate, tu aspecto es de 20 ¿Qué
haces aquí? Márchate si no te gusta.
Sol no hizo caso, en lugar de eso lo esquivó y alcanzó a los otros para
seguirlos convenciendo de la burla de Samuel. Hacer todo esto le causaba
malestar, su cuerpo le pesaba al caminar, esa semana no quiso hablar, ni si
quiera mirar a nadie, le costaba articular palabra y cada movimiento le
estresaba.
La próxima semana, Sol
volvió al templo y vio que el número de alumnos había reducido, tres de
ellos habían desertado, a ella le dio mucha pena aunque no pudiese aceptarlo.
Samuel al entrar se pudo percatar de lo que pasaba. Y con tranquilidad
el viejo anunció:
-¡Vaya Sol! Al parecer tus palabras han colapsado más en el mundo de
otros que en el tuyo. En fin, abran los libros en blanco.
Los alumnos obedecieron de inmediato. Samuel pidió que dibujaran lo que
sabían pero uno cuestionó:
-¿Y si no sabemos nada?
-Sí, todos sabemos algo. Esfuércense. Les he traído libros en blanco
porque ustedes crearan sus propios conocimientos y con estos hay mucho que aprender. Créanme la
sabiduría de la vida tiene más peso que las cosas materiales.
Todos dibujaron cosas
interesantes, Sol dibujó a su padre y hombres alrededor amenazantes.
Después de eso el viejo pidió que arrancaran las hojas en donde habían
hecho sus dibujos e imploró que a esta hoja la hicieran bolita. Los muchachos
estaban muy extrañados, no obstante hicieron caso.
El viejo los invitó a salir y los llevó a un patio, que más bien parecía
un parque. Ahí les dio otras instrucciones igualmente raras.
-Por favor, mojen sus papeles, a su izquierda hay un grifo de agua.
Seguido de eso, les voy a pedir que los entierren.
También lo hicieron así. Mientras tanto, Sol les decía a los demás que
lo que quería el anciano que hicieran verdaderamente era que enterraran sus
conocimientos para que nunca más salieran a la luz.
-Seguramente es un chiste-, opinó.
No lo era, el sabio se veía serio, sus arrugas estaban inmóviles.
En la siguiente clase el anciano los llevó al mismo patio, al
introducirse los alumnos se quedaron impactados, pues en donde habían enterrado
sus páginas, ahí, un pequeño árbol crecía. Los muchachos se acercaron para
poder contemplar la vida más de cerca y en su análisis, pudieron descubrir que
sus dibujos se habían grabado en las hojas de los árboles, sólo que estos eran
diferentes, eran especiales puesto que no eran como ellos realmente los habían
dibujado, no eran tan simples, parecían haber sido hechos por las manos de un
profesional. Sol también pudo descubrir dos cosas muy interesantes. La primera,
era que las hojas de los árboles de sus compañeros y las de ella no se movían,
era extraño, porque los árboles que tenían más antigüedad sí vibraban, los de
ellos eran los únicos que no lo hacían. Y lo segundo que notó, fue el color de
los árboles, ella pudo percibir que su árbol era de un verde oscuro triste,
mientras que el de los demás, estaban pintados con colores más vivos.
Samuel pudo ver la cara de Sol, se paró junto a ella y le dedicó unas
palabras:
-El color representa el cómo te sientes. No se lo he dicho a los demás,
y no se los diré, aún. Siento que estés pasando por tan malos momentos, de
verdad-. El hombre se alejó después de haberle dado unas palmadas en la
espalda.
La cara de Sol ensombreció, más no podía dejar de matar los objetivos de
Samuel, no quería que su padre muriera.
Pasaron los días y Samuel les iba enseñando cada vez más cosas, algunas
veces les enseñaba a escribir, otras a cantar e incluso hasta a danzar. Todos
estos conocimientos se iban impregnando en los árboles. Cuando aprendieron a
escribir, ya no sólo dibujaban, las letras se grababan en el tronco y en las
ramas de los árboles. Mientras que los cantos podían ser escuchados dentro de
los árboles, bastaba con acercarse y poner la oreja junto al árbol, podían
ser melodías interpretadas por
cada alumno o podían ser canciones de alguien más. Era maravilloso. Con el
tiempo los jóvenes pudieron comprender que cuando las hojas de los árboles se
movían con el viento, era porque estaban danzando.
Los árboles eran como el alma de cada quien, ahí
eran proyectados recuerdos, pensamientos, canciones, triunfos, errores. Estos
últimos podían ser inspeccionados con detenimiento lo que ayudaba a solucionar
los problemas con más sabiduría. Sin embargo estos seres de la naturaleza eran
muy personales, no cualquiera podía ver lo que el propietario veía, a menos que
el último lo aceptara. El autor del árbol podía dejar ver lo que él quería que
vieran lo demás, así era como funcionaba.
Mas no todo iba bien, Sol había logrado convencer a
muchos. Pasaban las semanas y algunos dejaron de ver a los árboles, esto era a
causa de que ellos dejaron de confiar en las palabras de Samuel. Creían que
habían sido saboteados y al final se iban enojados. Lo que ellos no sabían era
que realmente sí existían. Otros simplemente dejaron de ir por no creer, no se
creían merecedores, sentían más miedo que satisfacción.
Sorprendentemente Sol podía ver todas estas cosas, pues en su corazón lo
creía con plenitud, y Samuel lo sabía, y por eso no la despedía por más que lo
motivara su amigo Pedro.
Un día llegó temprano al templo, en seguida se
dirigió al patio y se sentó justo al lado de su pequeño árbol. A éste le estaba
costando crecer, mientras que a otros les iba mejor. Aun así a Sol le gustaba
ver a esa pequeña creación, le hacía pensar mejor, las respuestas venían con
más facilidad. Ella estaba mirando cuidadosamente, cuando Samuel apareció tras
de ella. Tenía cara demacrada, nunca lo había visto así, a pesar de eso su
semblante era de felicidad, sin embargo con esa aparente debilidad, él se
esforzó para sentarse junto a ella. Después comenzaron a charlar, luego de unos
minutos Sol logró sincerarse, Samuel al fin pudo comprender lo que le pasaba y
le dijo que todo estaría bien. De alguna forma eso le motivó.
En la sesión próxima, Sol llegó normal, resignada y vencida, ya no
quería luchar. Espontáneamente se sintió triste pues miró a su alrededor y notó
que ya sólo quedaban dos personas aparte de ella. Esperaron media, una hora.
Samuel no aparecía. Se estaban cansando. Sol empezó a hacer suposiciones hasta
que se imaginó lo peor. Cuando cruzó ese pensamiento en su cabeza reaccionó, se
levantó y corrió hacia el patio en dirección al árbol de Samuel. Lo que vio le
hizo llorar terriblemente, vio un árbol apagado, seco, con miles de hojas
caídas.
Los demás llegaron, ya iban comprendiendo lo sucedido. Pedro llegó
derrotado y sin fuerzas y casi sin voz anunció:
-Samuel ha muerto.
-¿Qué pasó?
-Que ya tenía 90 años y su cuerpo pedía descanso, no sé por qué nunca se
quejó.
Sol se acercó al árbol
mientras pasaban todas estas cosas y en la sección del saber, se encontró una
hoja con un cuadro, era ella y sus padres felices. Sol se sorprendió y volvió a
mirar, se encontró otra hoja que pintaba a Samuel caminando felizmente hacia un
lugar. Esto la tranquilizó. Sol se puso a pensar, alguien le tocó el hombro y
ella se volvió. Se parecía a Samuel.
-Lo siento, él era mi hermano, el virrey me había amenazado con matarle,
no quería, pero no podía decírselo, porque no me hubiera hecho caso, hubiera
seguido su proyecto y lo hubieran matado, tuve que recurrir a amenazas y todo
se volvió una cadena infinita, hasta llegar hasta a ti. Y me siento mal, estoy
arrepentido, perdóname.- El hombre soltó una lagrimas.
Sol también debía muchas disculpas, eso fue lo único que pudo deducir
ante tal diálogo. No lo culpaba.
De repente las hojas del árbol de Samuel que estaban marchitas y caídas
empezaron a volar con el viento, algo estaba sucediendo, las hojas se
convertían en hermosas flores y se direccionaban a otro lugar no muy lejano
donde habían otros montones de flores. Sol volteó hacia su árbol, también
observó que una de sus hojas caía y se iba con las flores de Samuel.
Entonces preguntó:
-¿A dónde van?
-Es el cementerio, o como otros lo llaman “el olvido”. Ahí van las
cenizas de los árboles de una persona que dejó de existir o de un recuerdo o
pesar que desaparece.
Sol sonrió, de repente le pareció que su árbol crecía y que tomaba un
color más tranquilo.
Desde ese día las cosas marcharon mejor. El pueblo y la gente del templo
destronaron al virrey y lo castigaron con sentencia. Los demás sabios hacían
memoria de Samuel practicando lo que él hacía, enseñando sus conocimientos a
otros, el grupo crecía y crecía con cada año que pasaba y al fin, Sol, pudo
dejar el rol de mala, se sacudió la suciedad y volvió ser ella misma, gracias a
Samuel. La vida del Sabio había revolucionado claramente al mundo.
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Azul Citlalli Monterrosas Castro
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